Nuevo sitio Capitalismo y naturaleza 9 Diciembre 2015

Cambio climático: el problema es el sistema

El pacto global de lucha contra el cambio climático, próximo a suscribirse, es una insuficiente declaración de intenciones. Lo fundamental no se toca porque la reducción de gases de efecto invernadero exige cuestionar el modelo de producción y consumo imperante.

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Este viernes próximo, los 195 países participantes de la Conferencia de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático aprobarían un pacto global de lucha contra el cambio climático, proceso de negociación entre naciones que comenzó en el año 2011. El objetivo es contener el aumento de la temperatura mundial a un máximo de 2°C.

El borrador a presentar deja sin resolver los temas de discusión que son justamente indispensables para que el pacto se logre, tales como el financiamiento y los esfuerzos que corresponden a cada país según su responsabilidad.

Ya en la Convención de Río de 1992, el documento señalaba que esta responsabilidad era de los países más desarrollados, básicamente Estados Unidos y Europa occidental. Pero con la emergencia de nuevas potencias como China o Brasil, dos de los diez mayores emisores de gases con efecto invernadero, estos países centrales reclaman distribuir sus esfuerzos con estos nuevos gigantes.

Mientras se discute la letra chica del pacto, lo que está claro es que hace más de 20 años que estos temas están en agenda internacional, sin alcanzar ninguna meta. La pregunta que surge como balances es: ¿son los gobiernos de los países quienes tienen la capacidad real de definir la matriz productiva que hace girar el mundo?, ¿se trata de una cuestión de voluntad política?

En lo que respecta a la dimensión política, es importante destacar que para cumplir con estos compromisos internacionales, las "políticas verdes" generalmente implican, tanto en países centrales como periféricos, incentivos de parte de los Estados a las empresas para "forzarlas" a reconvertir sus tecnologías productivas. Es decir, el esfuerzo de toda una población (mayormente trabajadora) se pone a disposición de garantizar tasas de ganancia a los empresarios que deben reducir sus emisiones. En este sentido, el Estado asume el papel de garante del capital cumpliendo la función de corregir los fallos del mercado, de modo que, se acentúa la desigualdad económica entre países centrales y periféricos. Las políticas de reconversión productiva comienzan en los países más ricos, que trasladan tecnologías obsoletas para, en el mejor de los casos, seguir siendo usadas en los países pobres del sur, cuando no hacia inmensos basurales tecnológicos.

El problema no es el desarrollo de las fuerzas productivas en sí mismo, ni la voluntad de los Estados, como algunas miradas ambientalistas superficiales pueden hacernos creer. La crisis ambiental deriva de una lógica productiva orientada a la ganancia, de la supremacía del valor de cambio sobre el valor de uso, que hace que se produzcan muchos más bienes de los necesarios, con su consecuente impacto ambiental en el agotamiento de recursos naturales y la contaminación. Como dice O Connor, en las sociedades capitalistas donde la naturaleza cuenta antes que nada como valor potencial de cambio, la crisis en realidad no es ambiental, sino económico, estructural. El cambio climático está originado en la acumulación de contaminantes generados a partir de un tipo determinado de uso de los medios de producción por parte de la sociedad. Otros métodos de industrialización, independientemente de sus resultados, habrían conducido a otro estado del ambiente.

En esta unidad contradictoria constituida entre capital y naturaleza, la cumbre realizada en París es una expresión de la capacidad del capital para convertir los asuntos ambientales en un área de actividad empresarial: tecnologías ambientales que cotizan en bolsa, costosas certificaciones ambientales, mercado de bonos de emisión, industrias de energías limpias, filantropía empresarial destinada a proyectos de bienestar humano que permite evadir impuestos y construir imagen, etc. En esta relación indisociable entre capital y naturaleza hay que decir que, así como el modo de producción capitalista históricamente ha superado las sucesivas crisis de sobreproducción, también encuentra formas de resolver los problemas ambientales más allá del creciente estrés al que está sometido el medio, la generación indiscriminada de pasivos, etc. No es casual que esta capacidad resolutiva implique que las áreas empobrecidas y vulnerables sean las más contaminadas, o que ciertas formas productivas se desarrollen en la periferia (megaminería, usos de agrotóxicos) y, a su vez, el centro venga mejorando las condiciones de su ambiente. Es atinado asegurar que en realidad no se resuelven los problemas ambientales, sino que cambian de lugar y de sujetos afectados.

La reducción de gases contaminantes a la atmósfera es un objetivo complejo porque implica tocar demasiados intereses capitalistas: desde los países productores de petróleo, que viven a costa de estas emisiones, pasando por los industriales en general, que deberían transformar su matriz productiva (las famosas "economías verdes") con los altos costos que esto genera; también las ramas industriales más dinámicas de la economía, como la automotriz. Este año el escándalo de Volkswagen es esclarecedor. La firma cambió fraudulentamente los datos de emisión de gases contaminantes en automóviles de motor diesel en Estados Unidos, sorteando exitosamente los controles de la agencia ambiental de dicho país. Una vez descubiertos se supo que en realidad los vehículos emiten 40 veces más gases de lo establecido como límite legal.

Más allá de que superficialmente se tomen medidas sobre acciones fraudulentas que atenten contra el ambiente, lo fundamental no se toca. Razón por la cual, no sorprende el accionar represivo del gobierno francés a partir del estado de excepción, aplicado para contrarrestar el terrorismo. Utilizó dicho mecanismo legal para encarcelar a cientos de manifestantes que pusieron en evidencia muchas de las cuestiones aquí desarrolladas.

Reducir los gases de efecto invernadero, como se propone la Cumbre del Clima, implica poner en jaque el modelo de producción y consumo imperante. Solo un sistema social con una economía planificada, basado en la lógica de la necesidad y fundada en el valor de uso, puede hacerle frente a esta crisis que no es ambiental ni ecológica, sino económica.

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Izquierda Revolucionaria
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