Nuevo sitio Cambio para atrás 1 Diciembre 2015

La derrota K en la “batalla cultural”

El punterismo en los barrios; la burocracia sindical y la precariedad del trabajo; el "gatillo fácil" y la ausencia de respuestas a los reclamos fundamentales del movimiento de mujeres, entre otros factores, constituyen una contradicción en sí misma con el relato oficial y los dispositivos de construcción de consenso.

Cambio para atrás | La derrota K en la “batalla cultural”

Uno de los puntales del desarrollo del movimiento kirchnerista fue la construcción de un relato en contraposición al heredado de las políticas de los gobiernos neoliberales. Tras la crisis de fines de los ´90 y la rebelión popular del 2001, que trajo aparejado el cuestionamiento de un amplio sector del pueblo a las instituciones, el Frente para la Victoria (FPV) abordó la tarea de contener el impulso rebelde y legitimar las instituciones de la democracia burguesa retomando aquellas demandas de repudio a las políticas de dependencia económica y castigo a los genocidas del Terrorismo de Estado de las últimas dictaduras.

A partir de algunas medidas simbólicas y el compromiso de asumir aquellos pedidos pendientes de justicia, el kirchnerismo logró acaudillar a diferentes organismos y referentes de la lucha por los DD.HH. y la cultura contrahegemónica. Este frente, de composición heterogénea y dispar, se convirtió entonces en una carta fundamental en el camino de afianzar la propuesta "nacional y popular". Para 2008, los intelectuales K lanzaron el espacio "Carta Abierta", cuyo eje de intervención se centró en el concepto de "batalla cultural", consolidando a Javier Grosman y Tristán Bauer a la cabeza de la construcción del "nuevo relato".

La "batalla" se puso en marcha poniendo especial énfasis en la lucha por el dominio discursivo mediante una serie de iniciativas, algunas de las cuales reflejan un carácter realmente masivo y desarrollista (Canal Encuentro, Paka-Paka, DeporTV, Tecnópolis, etc.). Sin embargo, luego de 12 años de hegemonía K, el FPV sufre una dura derrota en esta "batalla cultural" frente al más rancio y vacío discurso neoliberal macrista. ¿A qué se debe esta derrota? ¿Es el resultado de una mayor eficacia del tinellismo, Magneto o el mercado yanki? ¿El pueblo prefiere los globos amarillos y los discursos estériles a nuestras raíces folclóricas e históricas? ¿Por qué la mitad del pueblo encuentra eco en un simple slogan de "cambio"? Claramente no es tan simple.

Dejando de lado que el FPV decidió dar un volantazo político a la derecha, reflejado más tarde en las caras que encabezaron la continuidad del proyecto en estas últimas elecciones (Scioli, Berni, Aníbal Fernández, etc.), el cambio progresista en el discurso en términos macro estructurales, jamás se vio reflejado en la vida cotidiana de los trabajadores y trabajadoras y los sectores populares: persistieron el punterismo en los barrios, la burocracia sindical, la precariedad del trabajo, la corrupción policial y el gatillo fácil, el no abordaje en profundidad de los reclamos de las mujeres, en cuestiones sensibles como la legalización del aborto. Entre otros factores, estos constituyen una contradicción en sí misma con el relato oficial y los dispositivos de construcción de consenso. Todas estas prácticas embarran el discurso de progreso y lo convierten en una franca "mentira" para muchos sectores populares que se entregaron a un cambio sin previo análisis.

No podemos dejar de mencionar, claro está, el rol de los medios pro empresariales que, de acuerdo a sus posibilidades, tuvieron una influencia cierta como constructores de varios de los elementos que terminaron incidiendo en el giro discursivo de todo el escenario político. Fue, sin duda, una de las variables con mayor peso, sobre todo en términos simbólicos, de lo "discutible", lo "aceptable" y lo "esperable".

Otra de las formas de la política cultural a cuestionar para lo que se viene es la ausencia de independencia en la construcción de nuevos espacios, ya que reproducen una lógica paternalista y de dependencia estatal que apunta a centralizar la línea de producción cultural en lugar de promover organismos populares plurales, auto-gestionados e independientes con capacidad de sobrevivir sin el aparato estatal en coyunturas adversas. Esto se contradice con las palabras de Grosman quien cree "en la batalla cultural, que tiene que ver con la generación de conciencias críticas, de ruptura, de que todo no es como te cuentan que es" (Infobae, 31/7/2014). Seductoras palabras pero sin asidero real en la relación entre el aparato y las bases.

Sin dudas, el triunfo electoral de Macri, con un Ministro de Cultura como Pablo Avelluto (quien afirma que "hay que cambiar la idea de que había una sola versión de la realidad" revitalizando la teoría de los dos demonios) es un paso atrás para nuestra cultura. Sin embargo, es necesario dar un fuerte debate y cuestionarnos las formas de construcción y militancia, ya que la única manera de elaborar una cultura contra-hegemónica capaz de derribar los cánones pre-establecidos es construyendo, con independencia política del gobierno de turno, una cultura de los trabajadores y el pueblo.

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Autor

Joselo Calmora