Nuevo sitio Marxismo latinoamericano:ni calco ni copia 18 Abril 2015

Mella y Mariátegui, pioneros de la revolución socialista en latinoamércia

América Latina es una tierra fecunda de revolucionarios. En particular, en los años ’20 se dio el primer gran florecimiento de un marxismo crítico latinoamericano, fundamento teórico político de una enérgica lucha militante por el triunfo de la revolución socialista en nuestro continente. Sus expresiones más destacadas fueron, sin dudas, el cubano Julio Antonio Mella y el peruano José Carlos Mariátegui.

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Marxismo latinoamericano:ni calco ni copia | Mella y Mariátegui, pioneros de la revolución socialista en latinoamércia

Como bien lo ha señalado Michael Lowy(1), el significativo desarrollo del marxismo crítico de los años '20 fue opacado en los años siguientes por el peso que adquirió el estalinismo en las filas de la izquierda latinoamericana. Junto al ascenso de Stalin y el desplazamiento de la gran mayoría de los cuadros bolcheviques en la Unión Soviética, desde mediados de la década del 30 también en nuestro continente se extendió una visión dogmática del marxismo de cuño stalinista.

El líder del Partido Comunista Argentino de entonces, Victorio Codovilla, fue una de los más insistentes e influyentes defensores de esa corriente marcada por el positivismo y el etapismo. Desde esta visión, existía un modelo único y universal que marcaba el ascenso hacia el socialismo. Ese modelo, que era aplicable a todas las realidades, llevaba a considerar que todas las sociedades debían pasar por una serie de etapas sucesivas, desde el atraso feudal, pasando por un profundo desarrollo capitalista, para alcanzar luego su superación natural, el socialismo.

Esta lectura positivista y antidialéctica del marxismo, se traducía en tareas y expectativas determinados. Si, como era evidente, América Lantina no contaba con un desarrollo económico asemejable a los países más avanzados en el proceso industrializador (como Inglaterra, Alemania o EEUU), el recorrido que le quedaba por andar, para poder alcanzar el socialismo era aun muy amplio, y llevaba a considerar que, a corto plazo, las metas de los comunistas debían ser el pleno y profundo desarrollo del capitalismo.

Con honrosas excepciones, esa orientación fue dominante hasta fines de los años 50, cuando la revolución socialista cubana dio un certero golpe a los postulados estalinistas. Se abrió entonces un nuevo período en nuestro continente, marcado a fuego por la apuesta revolucionaria socialista, en donde se destacaron figuras como el Che Guevara, Mario Roberto Santucho o Miguel Enríquez.

Fue recién entonces, cuando los nombres y aportes teóricos y políticos de los grandes revolucionarios de los años 20 volvieron a renacer. No por casualidad, sino porque su enorme riqueza de experiencia y reflexión eran un insumo invalorable para pensar y desplegar la revolución en nuestro continente.

Aquellos revolucionarios se habían enfrentado a una tarea de envergadura: impulsar la lucha revolucionaria por el socialismo en nuestros países latinoamericanos, desplegando las herramientas teóricas que fueran necesarias. Para ello debieron andar por caminos muy distintos a los que consolidaría la ortodoxia estalinista. Lejos del "europeísmo" universalista, estos luchadores debieron pensar en las tareas específicas que permitirían avanzar hacia un futuro socialista en nuestro continente, e hicieron enormes aportes en ese sentido.

Al desarrollar (en la teoría y en la práctica) elementos necesarios y específicos de la revolución socialista en Latinoamérica, no solo tuvieron como obstáculo la ortodoxia de un marxismo evolucionista. Se enfrentaron, además, como principal adversario político, a las corrientes nacionalistas y antiimperialistas no socialistas, particularmente al excepcionalismo indo-americano de Haya de la Torre.

El APRA (Alianza Popular Revolucionaria Americana) de Haya de la Torre, pretendía desarrollar un planteo antiimperialista, pero sin involucrar una perspectiva socialista. A diferencia de los europeístas, destacaba la especificidad latinoamericana, pero al igual que ellos consideraba que en los países latinoamericanos (como parte de los países "coloniales y semicoloniales") no estaba planteado el socialismo como tarea, sino el desarrollo del capitalismo, razón por la cual había que hacer la "revolución democrático burguesa" siguiendo los modelos de la revolución mexicana de 1910 o la china de los años 20.

Será justamente en discusión con esta influyente corriente aprista, que Julio Antonio Mella y sobre todo José Carlos Mariátegui desplegarán su aporte original y fundamental para entender las particularidades del continente latinoamericano y plantear una perspectiva socialista. A diferencia del APRA, estos dos militantes latinoamericanos, integrados en e la III Internacional, fueron enérgicos defensores de una perspectiva que concebía que la fundamental lucha contra el imperialismo debía estar ligada de forma íntima e inmediata con una perspectiva socialista. Para ellos, en América Latina, no puede haber antiimperialismo sin socialismo.

Mella: la juventud revolucionaria

Julio Antonio Mella (1903-1929) fue un joven cubano protagonista de la lucha por la Reforma Universitaria. La lucha contra el anquilosado sistema educativo de principios de siglo fue, para Mella, el puente para un proceso de radicalización política que llevó al cuestionamiento del conjunto de la sociedad en un enfrentamiento contra la dominación imperialista y la podredumbre de un mundo capitalista.

En 1922 fue fundador de la Liga Anticlerical de Cuba. Al año siguiente, con sólo 20 años, fue fundador de la Federación de Estudiantes Universitarios (FUC) y rector interino de la Universidad declarada libre tras el triunfo de la reforma. Luego, en 1925 ya participaba de la fundación de la sección cubana de la Liga Antiimperialista de las Américas y del Partido Comunista de Cuba, integrando su Comité Central y siendo su Secretario de Propaganda.

Su protagonismo en las luchas del pueblo cubano lo convirtió en centro de los ataques de la represión de la dictadura de Machado. Por eso fue encarcelado. Luego de una huelga de hambre y de amplias movilizaciones por su libertad, Mella logró la libertad pero se vio obligado a exiliarse a México, donde residió desde 1926.

En el exilio fue militante del Partido Comunista de México (llegando a ser, en forma interina, su Secretario General), se integró con las luchas del movimiento obrero y fue un destacado defensor de la guerrilla antiimperialista de Cesar Sandino, siendo uno de los dirigentes del comité "Manos fuera de Nicaragua" que envió combatientes a los insurrectos.

Siendo Mella una figura destacada de la lucha revolucionaria, y en momentos en que estaba preparando una expedición armada que se proponía desembarcar en Cuba para derrotar a la dictadura (tal como harían tres décadas más tarde los combatientes del 26 de Julio), dos sicarios del dictador Machado viajaron a México para asesinarlo, lo que lograron finalmente en enero de 1929, al dispararle por la espalda.

Mella evidenció un pensamiento profundo al captar que las luchas de la Reforma Universitaria, contra la dictadura, para la superación de los problemas del país y en enfrentamiento con el imperialismo, expresaban las formas concretas desde las cuales dar cauce a una perspectiva revolucionaria y socialista.

Fue claro, como le discutía a Haya de la Torre en 1928, al afirmar que "la liberación nacional absoluta solo la obtendrá el proletariado y será por medio de la revolución obrera". Con esta orientación, Mella atacaba la expectativa que pudieran tener corrientes como el APRA, en que las burguesías latinoamericanas pudieran jugar un rol progresivo para la emancipación. En su defensa de la III Internacional lo expresaba cabalmente, al afirmar que "no hay… ninguna organización que luche más activamente en todo el mundo contra las formas de reacción, incluso la imperialista y la de las burguesías nacionales". Eran la clase obrera, acompañada por el conjunto de los sectores oprimidos, los que debían asumir la lucha revolucionaria.

Pero esos actores fundamentales de la revolución, no eran modelos abstractos y universales (como pudiera pensar el marxismo de cuño stalinista), sino sectores bien encarnados en la realidad de sus países, sus relaciones sociales, sus historias de lucha. Los anhelos para la resolución de los principales problemas locales, el enfrentamiento con la opresión imperialista debían ser retomados, pero desde una perspectiva revolucionaria: para Mella, "la causa del proletariado es la causa nacional". En su pensamiento no hay escisión entre el problema nacional y el clasista, entre el antiimperialismo y el socialismo. Por el contrario, el problema de la revolución, consiste, justamente, en su comprensión e integración en una perspectiva única.

Mariátegui: la creación heroica del socialismo.

José Carlos Mariátegui (1894 - 1930) es, sin dudas, el pensador marxista más original e intenso de estos años latinoamericanos. Durante varios años ejerció un trabajo intelectual y periodístico comprometido en Perú. Luego hizo un viaje a Europa donde, además de formarse académicamente, pudo estrechar su conocimiento y relación de algunas de las luchas obreras más importantes (como el bienio rojo italiano) y de referentes del marxismo y la III Internacional de Lenin. Tras su vuelta, en 1923 Mariátegui militó en la corriente antiimperialista que se había expandido al calor de la Reforma Universitaria y de las luchas obreras. Creó la revista Amauta en 1926 y compartió parte del camino con Haya de la Torre, pero se enfrentó con él en 1928, tras lo cual fundó el Partido Socialista Peruano (luego Partido Comunista Peruano) y al año siguiente la Confederación General de Trabajadores del Perú. Sólo un año después moría atacado por serios problemas de salud.

El enfrentamiento con Haya de la Torre se dio cuando éste trató de transformar al APRA en un partido (policlasista), mientras Mariátegui defendía que esa organización debía seguir siendo un frente de orientación antiimperialista, mientras se evidenciaba que los trabajadores necesitaban organizarse en un partido que expresara su perspectiva socialista. En esta disputa, más de una vez Mariátegui fue señalado como un supuesto "europeísta", por establecer un límite orgánico ante un APRA que no buscaba ninguna delimitación ante las burguesías locales.

En la búsqueda de los protagonistas de ese proceso revolucionario para su país, Mariátegui se sumergió en la realidad social peruana, reconociendo las formas específicas del desarrollo social local, y tomando especial dimensión de la importancia del componente indígena y campesino que, junto con el proletariado urbano, debían integrarse en una propuesta política revolucionaria.

En sus "7 ensayos de Interpretación de la realidad peruana", Mariátegui trabajo el problema del Indio y de la tierra, y buscó en las prácticas sociales y culturales de los explotados y oprimidos americanos, las bases que pudieran aportar a la construcción de un proyecto socialista. Estudio la comunidad indígena, el "ayllu", y valoró las formas cooperativas de larga tradición (en particular incaica) como un punto significativo desde donde anclar una propuesta socialista. Sin saberlo, se desarrollaba por el camino de las reflexiones de Marx y Vera Zasúlich en su correspondencia de 1881, donde reflexionaron sobre las potencialidades de la comunidad campesina rusa (mir).

Su compromiso con el conocimiento de la realidad peruana y latinoamericana y su convicción en la posibilidad de una perspectiva socialista para el continente, lo llevó a enfrentarse duramente con la línea oficial de la III Internacional que comenzó a cristalizarse hacia fines del '20. Acaudillados por Codovilla, los PC de Latinoamérica se iban encorsetando bajo la orientación etapista que planteaba que en América lo que hacía falta era una lucha conjunta con las burguesías locales para desarrollar la revolución "democrático burguesa" o "agraria antiimperialista". Los socialistas peruanos, en cambio, mantuvieron en alto una posición independiente. Como lo expresaron al llevar la voz de Mariátegui al Secretariado Latinoamericano de la Internacional Comunista, con el texto "Punto de vista antiimperialista" (1929), los peruanos explicaron que las tareas antiimperialistas estaban ligadas de forma indisoluble con una perspectiva socialista, que esa orientación era perfectamente viable (y necesaria) para América Latina, y que en ese proyecto no tenían nada que hacer las burguesías nacionales.

Así, Mariátegui, que valoraba enormemente el entendimiento de la realidad local, dejaba en claro que no admitía esas visiones localistas (como el APRA) que renegaban de la propuesta emancipatoria del socialismo, y se enfrentaba a su vez con aquellos que, como el estalinismo, en nombre de un socialismo abstracto boicoteaban las tareas concretas para el desarrollo de la revolución socialista en Latinoamérica. De ahí su magistral sentencia: "No queremos que el socialismo sea, en nuestro continente, calco ni copia. Debe ser una creación heroica".

El legado de estos grandes revolucionarios está presente en nuestra tradición de lucha y es un aporte fundamental para nuestro pensamiento. En los años 60 una nueva generación revolucionaria retomaba esta senda ejemplar: el socialismo estaba planteado como tarea histórica para nuestro continente y sería construido a partir de las experiencias y vivencias de nuestros pueblos. Cuba estaba ahí para demostrarlo. Hoy también, así como alzamos en alto los ejemplos del Che, de Santucho, o de Enríquez, reconocemos en ellos la apropiación viva de una corriente histórica que ha defendido la necesidad de que nuestros pueblos se liberen por el único camino que es posible, con la revolución socialista.


Notas:

1) Michael Lowy, "El marxismo en América Latina. Antología desde 1909 hasta nuestros días.", Chile, 2007, edición actualizada.

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