Nuevo sitio El macrismo envuelto en su farsa discursiva 6 Marzo 2017

Palabras más, palabras menos

Suele decirse, para señalar la distancia entre lo que se profesa y aquello que se practica, que “del dicho al hecho hay mucho trecho”. El refrán popular encierra además otros sentidos: afirma que decir y hacer son dos cosas distintas y, llevado más lejos, que decir no es hacer. Que son opuestos.

Edición N° 3

A Vencer - La Llamarada (Marzo - 2017)

A Vencer - La Llamarada

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El macrismo envuelto en su farsa discursiva  | Palabras más, palabras menos

Hay una verdad a medias. Sabemos que, por ejemplo, decir que hay que luchar por el socialismo y no luchar jamás por nada es una contradicción y un ejemplo que aplica bastante bien al sentido del refrán.

Pero en el hecho de decir hay siempre un acto que se realiza, hay algo de práctica. Decir en algún punto también es hacer. Y en el acto de decir se busca convencer, informar, justificar, persuadir, herir o halagar, hacer reflexionar u oscurecer la conciencia.

Buen ejemplo de esto último es el más reciente discurso del presidente. Podríamos preguntarnos entonces qué acciones intentaba realizar Macri con sus palabras en el inicio de las sesiones legislativas el primero de marzo pasado. ¿Qué quería decir Macri con que la "sociedad es una inmensa red afectiva"? ¿Quería decir quizá que debe unirnos el amor, la solidaridad o qué otra cosa? ¿O simplemente se trata de utilizar una frase que intenta ser conmovedora y apelar a los sentimientos de aquel que lo oye y oscurecer la conciencia?

Hay que decir que no se trata de expresiones huecas, aunque así lo parezcan. Precisamente, mientras más huecas e inofensivas parecen más peligrosas son. Y si intentan tocar las fibras sensibles mucho más. Es un viejo recurso, largamente usado por las derechas de la peor calaña, ese de jugar con los sentimientos populares invocando cínicamente "el amor a la patria", o apelando al sustrato xenófobo del "orgullo nacional", el "temor" a cierto enemigo para embrutecer las conciencias.

Quieren que olvidemos que, más que los afectos, nos unen o nos separan relaciones sociales construidas históricamente y que más que un conglomerado de individuos somos hombres y mujeres de carne y hueso sometidos a relaciones de poder y de propiedad. Quieren que nos olvidemos que trabajadores y patrones no somos lo mismo, que la sociedad en que vivimos es una inmensa red de relaciones de opresión, injusticia y desigualdad. Y cada vez que dicen, ellos, los que están arriba, que el pueblo debe unirse, jamás señalan quién es el pueblo. ¿Dónde está el pueblo? ¿En los funcionarios corruptos que llenan las bancas del Congreso? ¿En los amigos y familiares millonarios del presidente? ¿O en las y los trabajadores precarizados, en las y los científicos, en las y los jubilados, en las y los despedidos, en las y los trabajadores de la educación que convocan al paro, en las mujeres que salen a combatir el machismo, en todos aquellos y aquellas que resisten con todo y a pesar de todo?

La batalla, en la coyuntura actual, no es solamente por el ajuste y por quién paga los costos de la crisis económica. El comando político de la clase dominante, Cambiemos, está empecinado en una guerra que también es cultural, que es sutil y que se adorna con palabras agradables, con frases encantadoras que convocan al diálogo mientras se reprime la protesta social; que llama a cerrar la brecha mientras abren un abismo cada vez mayor entre el salario y lo necesario para vivir; que dice que vamos a insertarnos en el mundo, pero un mundo sin inmigrantes latinos, solamente con empresarios venidos del norte; que pregona la revolución educativa mientras se hambrea a las y los trabajadores de la educación; que convoca a poner un país de pie mientras se intenta poner a las y los obreros de rodillas.

La herramienta más importante con que contamos las y los trabajadores es nuestra conciencia. En cada momento de la humanidad, hasta en los más oscuros, fue la conciencia el motor de la resistencia y la fuerza que hace prosperar y poner en actos la esperanza. No se trata de una sabiduría particular, de una ciencia oculta; está en actitudes, en acciones de las más cotidianas. En la indignación ante cada injusticia, incluso la más lejana y la que parece más ajena; en la compasión y la solidaridad con el compañero o compañera de laburo que se sufre; en poner siempre por delante lo que nos une como clase y no lo que nos separa por mezquindades; en comprender que la herencia más pesada es la de los explotadores de ayer, anteayer, los de hoy y los de siempre y todos sus gobernantes cómplices y que la brecha más importante es la que separa a esos mismos explotadores de nosotros, las y los laburantes.

Bertold Brecht escribió que "Se impone tanta verdad en la medida en que nosotros la impongamos. La victoria de la razón sólo puede ser la victoria de los que razonan". Si hoy nos logran convencer de que el enemigo somos las y los trabajadores de la educación, mañana será más fácil para los dueños de todo, para los que pretenden también adueñarse completamente de nuestra conciencia y de nuestros valores, mañana, decimos, será más fácil convencernos de que las y los trabajadores somos los culpables de todo. Y de ahí a justificar la miseria y sumisión no hay más que un paso.

Los políticos de turno y todos los signos hablan de amor al pueblo. Es una bonita máscara para encubrir el odio de clase que los consume cuando nos organizamos y luchamos. Contra sus palabras de utilería y sus sentimientos de novela rosa que solamente buscan oscurecer la conciencia, debemos oponer una tras otra las razones de nuestra clase para conquistar más conciencias, más compañeras y compañeras y crecer en resistencia. La victoria de la razón no puede ser otra que la de las y los trabajadores y el pueblo.

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Izquierda Revolucionaria -  Hombre Nuevo
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