Nuevo sitio Elecciones norteamericanas 8 Noviembre 2016

Entre Drácula y Frankenstein

Cuando se esté leyendo este artículo ya se sabrá quién es la/el nueva/o presidente de la principal potencia global. La demócrata Hillary Clinton luego de encabezar las encuestas durante meses, la semana pasada por primera vez aparecía superada por el republicano Donald Trump, 46 a 45 por ciento según el sondeo difundido por The Washington Post y la cadena ABC News.

Edición N° 19

A Vencer (noviembre-2016)

A Vencer

Sumario

Compartir Articulo

Elecciones norteamericanas | Entre Drácula y Frankenstein

La historia norteamericana señala que, tradicionalmente, después de dos periodos con el mismo partido en el poder o el mismo presidente, es difícil que en las elecciones siguientes gobierne el mismo partido. Sin embargo, en política todo puede ocurrir y particularmente en estas elecciones. Por eso es importante preguntarse qué expresan D. Trump y H. Clinton, qué impacto tendrá el voto de los inmigrantes y finalmente qué tan diferentes son sus propuestas programáticas para una potencia imperial cada vez más consciente de su progresiva declinación.

Trump y el Partido Republicano

El 19 de octubre en el tercer y último debate presidencial Donald Trump, fiel a su estilo afirmó que no aceptaría el resultado de las elecciones presidenciales si no triunfaba. Lo mismo hizo en el marco de la competencia entre los principales candidatos republicanos, cuando se preguntó si apoyarían al candidato designado por la convención partidaria, Trump fue el único que no levantó la mano. ASi intentaba demostrar que es distinto, un verdadero "outsider" que no respeta las reglas. Finalmente ganó.

Recordemos que Trump se inició en política divulgando la idea de que Barack Obama había nacido en Kenia. Desarrolló su exitosa campaña en las primarias sobre un escepticismo de línea dura sobre la inmigración, sumado a su propuesta de construir un muro y hacer que lo pague México, mientras prometía la deportación de once millones de inmigrantes sin documentación y amenazaba prohibir la entrada de musulmanes al país.

¿Pero sólo se trata de un engendro populista autoritario, que parece imitar a Mussolini con su barbilla levantada, boca burlona y una movilidad facial y corporal propia de un Frankenstein?

No, se trata de un proceso más complejo y profundo. En realidad, el partido republicano lo que teme no es perder las elecciones presidenciales sino perder el control de "su" país de blancos y cristianos ante negros, latinos y asiáticos, alejando irrevocablemente a Norteamérica de ellos. Como plantea Samuel Goldman de la Universidad George Washington sobre la base electoral republicana, "una minoría que cree que es una mayoría". Y si bien es demasiado pequeña para garantizar victorias electorales, es demasiado grande para aceptar su condición de minoría.

Decididamente los republicanos perdieron las últimas reservas progresistas y democráticas (si alguna vez las tuvieron), inclinándose por desgastar a los presidentes demócratas por cualquier medio posible (el escándalo político-sexual Lewinsky a Bill Clinton, el citado caso Obama y las recientes operaciones del FBI hacia Hillary Clinton por sus correos electrónicos). Este partido que en los últimos tiempos profundizó sus raíces en el sur blanco y en la declinante zona medio oeste industrial de clase trabajadora blanca desilusionada, se ha vuelto más de derecha y más autoritario que nunca en su historia. Al punto que proponen enviar "observadores electorales" para intimidar a las minorías o movilizar a miembros de las guardias nacionales para patrullar las calles el día de las elecciones.

Cuando Trump planteó la posibilidad del fraude, si bien es una forma de salvarse de reconocer la derrota, lo lleva a un lugar al que ningún otro candidato presidencial anterior llegó. Sin embargo, no podría haber llegado hasta allí de no haber estado los republicanos tan aterrados de perder "su" país imaginario.

Clinton y el partido demócrata

En el caso de los demócratas, ellos se presentan como cosmopolitas, feministas, menos religiosos, muchos de sus miembros reconocen haberse "portado mal" en los 60 y 70. Pero su mayor peligro a ojos de los republicanos, es que expresarían el ascenso de una nueva Norteamérica donde se dejan de lado normas y sobre todo a los viejos protagonistas, los hombres blancos.

Sin embargo, los demócratas en el poder han sido bastante malos. Obama el primer presidente afroamericano, el "presidente de la esperanza" ha socavado él mismo la capacidad de vender a Clinton como una demócrata centrista. Su legado atenta contra las promesas de ella. Escuchar medidas antimonopolio, ponerse duros con los banqueros, oponerse ahora a los TPP son poco creíbles. Resulta paradójico criticar al poder cuando tu propio líder es de las personas más poderosas del mundo.

Es que en realidad Hillary se relaciona perfectamente con los "neocon", con el establishment de Wall Street. La muy probable victoria de Clinton sería el triunfo de la ortodoxia neoliberal. Por eso, a pesar de enfrentarse a un impresentable como Trump, le ha costado tanto imponerse. El 42 por ciento de quienes piensan votarla dice que no lo harán porque les guste ella, sino para evitar que Donald Trump sea presidente y el 54% de los votantes de este último dice que lo son por ir contra Clinton. Sus 30 años de experiencia como primera dama, senadora y secretaria de Estado (un verdadero halcón) la desnudan completamente.

Sin dudas las ocho investigaciones republicanas en el Congreso y las operaciones del FBI por los correos electrónicos, que podrían haber puesto en riesgo la seguridad nacional, la han desgastado. Pero las verdaderas razones para no lograr el entusiasmo del electorado hay que buscarlas en sus antecedentes y en las desilusiones de la administración Obama.

El voto de los inmigrantes

Se ha insistido mucho sobre la importancia que tendría el voto de los inmigrantes, en una campaña que los ha puesto en el centro de la agenda junto con la economía y la política exterior. La situación de vulnerabilidad en la que los ubicaba la proposición 187, que negaba todo servicio público a los indocumentados, polarizó a la población norteamericana.

En las presidenciales de 2012, más del 70 por ciento de los latinos como de los asiáticos, votó por Obama. Sin embargo, las encuestas muestran que, pese a la amenaza que plantea a los inmigrantes la posibilidad de una presidencia de Trump, Clinton no logra atraerlos.

Si bien las voces se inclinan por pronosticar que los inmigrantes en condiciones de hacerlo y los profesionales con formación universitaria se volcarían hacia los demócratas, lo que no se señaló fue la erosión continuada del apoyo demócrata entre la clase obrera blanca, en el medio oeste industrial que es un reflejo directo del fenómeno de la inmigración.

Programas

Todos parecen haberse olvidado de las propuestas programáticas y casi toda la atención ha estado fijada en el carácter de los candidatos. Sin embargo, tres han sido los tópicos que se instalaron en la agenda: economía, relación con el mundo e inmigración.

En el caso de Clinton sus propuestas están impregnadas de la que fuera la plataforma de Bernie Sanders, su competidor en las primarias demócratas. En ese sentido ha prometido salarios mínimos más altos, nuevos empleos a partir de inversión pública en infraestructuras, empleos de calidad, permisos de paternidad y por enfermedad y acceso a universidades. Estas políticas se pagarían con mayores impuestos a los ricos.

En el caso de Trump al hablar de la deslocalización de los buenos puestos de trabajo que han dañado la economía y promete recuperarlos (25 millones de empleos en una década), toca una fibra sensible que tiene eco más allá de sus seguidores. Esto se expresa en su lema "Hagamos América grande de nuevo". Se diferencia de Clinton, al prometer una rebaja general de impuestos, donde se incluye a los más ricos y las grandes empresas (reducción del 35% al 15% y un 10% por repatriar beneficios).

Trump promete renegociar el NAFTA y no ratificar el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP). Clinton que siendo funcionara apoyó los TPP, ahora plantea renegociar los acuerdos de libre comercio que perjudiquen puestos de trabajo.

En relación a la política exterior, Clinton se presenta muy segura diciendo cómo acabará a ISIS y resolverá el atolladero de Libia, Irak y Siria, se muestra partidaria de vigilar a Irán, controlar a Corea del Norte y sobre todo mantener a raya a la Rusia de Putin. En el caso de Trump, plantea acabar de un plumazo con ISIS a partir de la cooperación con Rusia pero fundamentalmente sostiene un repliegue en términos de intervenciones, aunque su discurso nacionalista y de regreso a la grandeza norteamericana llevaría más temprano que tarde a una política de agresiones.

La elección entre H. Clinton y D. Trump, que consagra al presidente número 45, en el autoproclamado "país de la libertad", a pesar de ocupar el puesto 138 de 172 naciones en participación electoral, no solo definió la suerte de los norteamericanos. Cuando se trata de elegir entre Drácula y Frankenstein para los destinos del gigante del norte, no hablamos de una película de terror sino de una pesadilla de guerras, violencias y barbaries para toda la humanidad.

Comentarios

Marcos Muñoz
Autor

Marcos Muñoz

Profesor en Historia.