Nuevo sitio Recomposición de la derecha tras el triunfo del “NO” en el plebiscito 3 Octubre 2016

Un golpe para los acuerdos de Paz en Colombia

Luego de años de negociaciones, el gobierno colombiano y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) avanzaron en un acuerdo de paz con apoyo internacional. Su cierre iba a ser refrendado en un plebiscito en donde finalmente los votantes rechazaron el acuerdo por un mínimo margen y con una fuerte abstención. Esto da nueva fuerza al “uribismo” y pone mayores condicionamientos a la intervención política de la izquierda y sus expresiones guerrilleras.

Edición N° 18

A Vencer (octubre-2016)

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Recomposición de la derecha tras el triunfo del “NO” en el plebiscito | Un golpe para los acuerdos de Paz en Colombia

"Si se puede" cantaban en el bunker del Centro Democrático, el partido de la ultra derecha narco-paramilitar colombiana, luego de que el acuerdo de paz fuera rechazado en el plebiscito por una pequeña diferencia. El canto que se repite en los bunker derechistas de toda América Latina festejaba que, con la asistencia del 37.4% del padrón electoral (una abstención del 62,6%) el "NO" al acuerdo triunfaba con el 50,21% de los votos por sobre el 49.78% del "SI". Como dato, el acuerdo se impuso masivamente en las regiones más afectadas por el conflicto armado.

Si bien el voto al "NO" expresa a un espectro amplio (que incluye a colectivos de víctimas que señalan también responsabilidades de la guerrilla), el partido del ex presidente Álvaro Uribe fue el único que logró capitalizar ese resultado. Su posición macartista, anti-izquierda y anti-FARC se expresó en los cantos de quienes festejaron el triunfo: "No me da la gana, una dictadura como la cubana". Se trata de una perspectiva que empalma con la creciente hegemonía que está conquistando la derecha a nivel continental.

De esta forma, contra la mayoría de los pronósticos, el plebiscito no fue la ratificación sino un golpe contra las negociaciones que desde hacía cuatro años estaban desarrollando el presidente Juan Manuel Santos y las FARC en Noruega y Cuba.

Si bien el resultado no implica el abandono de los acuerdos, sí les da un nuevo marco político, con una nueva correlación de fuerzas. El aire obtenido por la derecha le permite ahora ser un actor mucho más relevante que ponga mayores condicionamientos al gobierno de Santos y a las FARC.

Para Santos la apuesta a ser el primer presidente que lograra un acuerdo efectivo con la guerrilla era un medio fundamental para recomponer su decaída popularidad. Ahora este revés lo vuelve una figura aún más débil. Tanto es así que, en su discurso, buscó señalar que mantiene intactas sus atribuciones de gobierno para garantizar la "estabilidad", respondiendo indirectamente los pedidos de renuncia de sectores de derecha. En este marco, el mandatario rápidamente convocó al partido de Uribe para que asuma un lugar central en una reestructuración de las negociaciones con las FARC a su propia medida.

Ese es ahora el nuevo programa de la derecha: negociación con las FARC, pero con sus propias condiciones. Su planteo consiste en sostener estructuras judiciales que puedan llevar a la cárcel a los guerrilleros desmovilizados y en primer lugar a su dirigencia. Eso es lo que se teje por debajo del planteo de una "paz sin impunidad". Su problema no es la impunidad del terrorismo de Estado colombiano. Muy por el contrario, Álvaro Uribe destacó su "afecto y solidaridad" con soldados y policías y reclamó que haya un "alivio judicial" para ellos. Para la derecha uribista, el lenguaje contra los "crímenes de lesa humanidad" es, en la realidad, un programa revanchista que se niega a dar lugar político a la insurgencia. Para impedirlo se propone crear condiciones para que los dirigentes de las FARC puedan ser juzgados y condenados por las acciones desarrolladas en el marco del alzamiento armado. Se trata de dos varas bien distintas: por una parte la impunidad para militares y paramilitares, responsables fundamentales de las masacres, y por otro lado, reclamos de proceso judicial, impedimento para la acción política y apuesta al encarcelamiento de los insurgentes.

Por estas razones la derecha colombiana rechaza los diversos mecanismos que permiten la incorporación de las FARC a la vida civil y el establecimiento de tribunales especiales con participación de organismos internacionales. Todo esto, además, sostenido con un discurso ultraconservador que se ampara en los "valores de la familia" y la guía de dios, para llevar adelante el nuevo "acuerdo nacional" que propuso Uribe.

Los orígenes del conflicto

Las guerrillas contemporáneas en Colombia nacieron como respuesta a la ferocidad de los sectores más conservadores de las elites, luego del asesinato del líder más popular del liberalismo, Jorge Eliécer Gaitán en 1948. Tras el masivo levantamiento urbano que fue el bogotazo, liberales y comunistas se armaron y desarrollaron las guerrillas en las zonas agrícolas con amplio apoyo campesino.

A comienzos de los 60, integrando la tradición de resistencia armada local con el escenario revolucionario abierto en América Latina tras la revolución cubana, nacieron las FARC, con la dirección de Manuel Marulanda ("Tirofijo"). Desde entonces se desarrollaron como una organización política que asumió la lucha por el poder político con una perspectiva socialista, planteando tareas inmediatas como la reforma agraria y la expropiación de los grandes propietarios en beneficio de los sectores populares. Ya a comienzos de los años '80, las FARC tenían 27 frentes guerrilleros en las principales regiones del país por lo que en 1982 pasaron a considerarse un "ejército popular" (FARC-EP).

En los 80 (década de ofensiva conservadora en América Latina), las FARC se definieron por "todas las formas de lucha", abriendo la puerta a negociaciones de paz y a la intervención en la arena política civil, lo que hicieron apostando a la Unión Patriótica, un frente político legal de izquierda que se planteaba dar la disputa electoral a todo nivel. Desde allí sostuvieron un programa de transformaciones sociales centrado en la reforma electoral, la concreción de la reforma agraria y el mejoramiento de las condiciones de los sectores populares. La respuesta de los sectores más conservadores de la burguesía fue el ataque sistemático, por medio del ejército y de las formaciones paramilitares que pasaron a ocupar un lugar central en la vida nacional.

El paramilitarismo se cobró la vida de 5 mil activistas, incluyendo el asesinato de los candidatos presidenciales Jaime Pardo Leal (en 1987) y Bernardo Jaramillo (en 1990) junto a una larga lista de senadores, representantes, diputados, concejales, alcaldes y miles de militantes. Se trata de una política de Terrorismo de Estado para evitar el crecimiento de la izquierda política en la sociedad.

Siendo imposible la intervención por una vía legal, la guerrilla reforzó su intervención militar, como medio de lucha para conquistar los derechos sociales y políticos planteados. La existencia de miles de combatientes y decenas de frentes a lo largo del país dieron cuenta de la presencia efectiva de la guerrilla y su proyecto político.

La respuesta oficial consistió en el intento de aniquilamiento total, con planes financiados y dirigidos directamente por EEUU, como el Plan Colombia y el Plan Patriota, impulsados desde fines de los 90 y cuyo mayor defensor fue el presidente Álvaro Uribe. Así, durante toda la primera década del siglo XXI el Estado colombiano reforzó su estructura militar, con armamento de guerra de primera generación financiado por EEUU, y estableció bases militares con dirección norteamericana, con el propósito de eliminar a la guerrilla.

Aún así, si bien las organizaciones guerrilleras sufrieron golpes significativos, demostraron a su vez el importante arraigo en las bases campesinas y populares que les permitió resistir y reaparecer en la lucha de forma reiterada, volviendo a plantear un programa político en beneficio de los sectores populares.

De esa forma se llegó al punto de inicio de las actuales negociaciones de paz.

Nuevos y difíciles desafíos para la izquierda y las FARC

La decisión de las FARC al entrar a los acuerdos de paz fue clara: consideraba que en las condiciones actuales el terreno militar no era el más efectivo para hacer avanzar el proceso político en una perspectiva de conquistas sociales, y reconocía que la guerra ha generado un desgaste en el pueblo. Se plantean así desarrollar la lucha de forma pública y legal, con la perspectiva de acumular fuerzas en un sentido transformador.

Eso los lleva a asumir riesgos enormes. Uno de los riesgos es el de la adaptación parlamentaria, el de la integración a la lógica del sistema contra el cual se combate. Para las FARC y su militancia, la presión del parlamentarismo y del resguardo legal será, en esta nueva etapa, un peso a enfrentar, con la misma persistencia que asumieron la lucha armada. Se trata, como es evidente, de un riesgo que asumimos todos los que luchamos por el socialismo y nos vemos necesitados de dar disputas parciales en el marco del sistema actual.

Pero hay otro riesgo mucho más inmediato y letal, que es el de los ataques de la derecha. Las FARC ya tienen sobrada experiencia sobre esa voracidad criminal con los ataques a la guerrilla y a la UP. Para minimizar parcialmente el riesgo, en los acuerdos se han definido numerosas especificaciones que hacen al cuidado de los militantes que ahora quedan en el aire y resulta sumamente preocupante su porvenir. Tanto Santos como las FARC dijeron que mantendrán el cese al fuego, pero no hay garantías de que esos acuerdos sean cumplidos ni por el Estado ni por las fuerzas de derecha y paramilitares íntimamente relacionadas con el poder político.

Lo que está claro es que para las FARC el riesgo tiene un sentido y es el de poder intervenir con más fuerza en el panorama político. De hecho, los acuerdos planteaban su reconversión en un partido o movimiento político. En los acuerdos se garantizaba la libertad para los guerrilleros en actividad y para los miles de presos políticos farianos, se entregaba a esa nueva organización política 10 escaños en el parlamento, se les brindaba recursos económicos para su impulso y se les prometía seguridad sobre su integridad física. Todo eso deberá verse cómo se reformula hacia adelante tras la victoria derechista en las urnas.

El uribismo, encubierto en el eslogan por "Una paz verdadera", dio un sentido definido a la campaña por el No: aplastar a la izquierda y sus expresiones guerrilleras.

Ahora el fortalecimiento de la derecha en el marco de las negociaciones de paz, hace aún más difícil el panorama para las FARC. Luego del plebiscito la dirigencia fariana planteó su voluntad de mantener el camino de las negociaciones de paz para incorporarse a la vida civil. El reto consistirá en que esas negociaciones puedan arribar a alguna propuesta que mantenga su participación como activistas políticos, evitando su persecución judicial y militar.

En este marco de grandes dificultades y de fortalecimiento de la derecha a nivel continental, como militantes que en Nuestra América luchamos por el socialismo, somos solidarios y nos sentimos hermanados con quienes, como los y las militantes de las FARC siguen apostando a abrir un camino de liberación. Por eso es fundamental estar alertas, acompañar solidariamente el proceso de la militancia fariana, y enfrentar la avanzada de la derecha.


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Federico Cormick
Autor

Federico Cormick

Docente universitario.