Nuevo sitio 11 de septiembre 11 Setiembre 2016

Ni Sarmiento, ni Torres Gemelas, Allende y el Golpe

A 43 años del golpe de Estado en Chile contra Salvador Allende, publicamos un articulo elaborado por Izquierda Revolucionaria y la Organización Política Hombre Nuevo acerca de una experiencia histórica fundamental para los sectores obreros y populares de América Latina, cuyas enseñanzas y errores deben servirnos para alumbrarnos en nuestra lucha por un mundo socialista.

11 de septiembre | Ni Sarmiento, ni Torres Gemelas, Allende y el Golpe

En las primera horas del martes 11 de septiembre de 1973 se puso en marcha la "Operación silencio" en Valparaíso para cortar las comunicaciones radiales, dando comienzo formalmente al golpe de Estado en Chile. En aquella mañana, Salvador Allende llegó a la Moneda portando consigo el AK-47, regalo de Fidel Castro, a enfrentar las últimas horas de su gobierno, los últimos instantes de su propia vida. El despliegue castrense sobre el perímetro del mencionado edificio comenzó poco antes de las 10 con intercambios intermitentes de disparos. El General Augusto Pinochet lanza sin contemplación la estocada final con un certero bombardeo. El avance de los efectivos militares y el asesinato del primer mandatario chileno cierra la escena.

La trágica noticia fue llevada, con la velocidad del rayo, en alas de la muerte hasta el último barrio. Allí, las Fuerzas Armadas accionaban brutalmente contra la población con golpes, detenciones y fusilamientos como los perpetrados en el Estadio Nacional. La muerte de Allende marcaba el fin de la "Vía chilena al socialismo" y asestaba un duro revés a las condiciones materiales del pueblo chileno, pese a la posterior y heroica resistencia de los tiempos venideros como las encabezadas por el MIR chileno y más tarde también por el Frente Patriótico Manuel Rodríguez.

La experiencia de Allende y de la Unidad Popular debió afrontar embates de todo tipo desde su llegada al gobierno en las elecciones de 1970, que plagados de aciertos, vacilaciones y errores fue expresión del movimiento popular chileno. El inicio del gobierno de la Unidad Popular sucedió en el marco de una fuerte crisis del capitalismo dependiente y del Estado de compromiso en Chile, signado en un mundo divido por la Guerra Fría. Pese a ello, durante la primera etapa de su mandato Allende impulsó fuertemente medidas de cambio: nacionalización del cobre, intervención de la ITT, requisición de fundos, nacionalización de empresas, restablecimiento de las relaciones con los países socialistas

La Unidad Popular expresaba la alianza de clase entre la pequeña burguesía reformista y el reformismo obrero, y debido a este carácter gnoseológico, concibió su táctica y el desenvolvimiento de sus medidas dentro de un marco "democrático antiimperialista", sin llegar a golpear con intensidad los centros neurálgicos de la burguesía, particularmente la industrial. La coincidencia entre esta alianza clasista se explicó no sólo por la estabilización de la banca, distribución del ingreso, contención de la inflación, sino también por el repliegue de las clases dominantes, quienes siguieron diferentes caminos para desestabilizar al gobierno allendista. Las táctivas fueron expresadas por la Democracia Cristiana y su concepción inicial de la disputa parlamentaria, o en la iniciativa golpista más abierta del Partido Nacional a través de bandas de choque y fuertes vínculos con los servicios de la Central de Inteligencia Americana que preparaba detalladamente su fórmula para el caos.

Es así que en la medida que el gobierno de la UP avanzaba en la reforma de la economía en 1972, comenzó a surgir el desabastecimiento de bienes, provocado por la gran burguesía, que con las ganancias no reinvertidas se lanzaba al acaparamiento de los productos y a la especulación de los precios. La construcción de un extendido mercado negro y la amenaza del desabastecimiento generaron las condiciones para el Paro Patronal de octubre. Sin embargo, la respuesta de la clase obrera con la ocupación de fábricas, la organización de Juntas de Abastecimiento Popular, la activación de los Consejos Comunales y la toma de los Cordones Industriales logró poner en marcha el aparato productivo. Los vastos sectores populares y la clase trabajadora en su conjunto mostraron una gran capacidad de lucha y pareció desbordar a la Unidad Popular. Pero el gobierno de la UP instó y convenció a gran parte de esas masas a desocupar las fábricas, las tierras y volver a sus casas.

Esta crisis de Octubre de 1972 marcó una nueva fase del proceso; el enfrentamiento entre las clases sociales fue cada vez más abierto, cada una de ellas unificándose y radicalizándose con el objetivo de destruir al enemigo. Tanto en la burguesía como en el proletariado se lograba una mayor cohesión.

Ante esta situación, el gobierno de la UP buscó orientar su política por persuadir a los sectores de la Democracia Cristiana. En ese sentido, permitió el ingreso de militares al gobierno y formó un gabinete cívico-militar que favoreció los intereses de la burguesía y contuvo el avance de las masas. Esta medida calmaba el terror de las clases medias, pero tenía como contrapartida la negociación con un enemigo que sólo estaba esperando su momento.

Las Fuerzas Armadas estaban divididas por una fuerte tradición constitucionalista y un fervoroso anticomunismo. Pero la derecha, tras la derrota en los comicios de marzo del '73, había dado por terminado el momento de las disputas legales y la diagramación del golpe entraba en su fase final. Sin embargo, había aún un sector constitucionalista dentro de las Fuerzas Armadas. Encabezado por el General Carlos Prats que velaba por la continuidad del gobierno y del régimen democrático, este sector pudo frenar el "tancazo" de junio de 1973. Ante el nuevo embate, la clase obrera y el pueblo redoblaron su presencia en las calles, en los barrios, en las fábricas. Las consignas de fortalecer el poder popular y de preparar la defensa material (armada) del proceso eran levantadas por campesinos, obreros, estudiantes.

El ensayo golpista aumentó la vacilación de los sectores del PC al interior de la Unidad Popular y reafirmó a los sectores que creían en una transición sin ruptura con la institucionalidad burguesa. Entonces, el gobierno cedió ante dos exigencias de la derecha: el recambio de Prats por Pinochet en la comandancia en Jefe del Ejército y en facultar a los militares a realizar allanamientos en las fábricas en busca de armas.

Si bien Allende tuvo un margen reducido de acción, ante el ataque implacable de una derecha unificada, no optó por utilizar las herramientas que los obreros y los movimientos populares habían gestado, para profundizar la crisis en un sentido revolucionario. El arraigado reformismo y su idealismo constitucional le impidieron a él y al ala mayoritaria de su coalición partidaria optar una opción popular. Ante esto, la continuación sistemática del programa presentaba sólo dos alternativas: la radicalización del proceso avanzando en la destrucción del capitalismo y dando pasos en la construcción del socialismo a través de potenciar la iniciativa popular. En esto consistía el proyecto de las fuerzas de izquierdas agrupadas en la Unidad Popular. Por otro lado, la alternativa de la derecha, que finalmente se impuso, impulsó la reestructuración neoliberal de la acumulación capitalista sin las interferencias de los elementos democráticos y distribucionistas del ingreso, y desplegó una verdadera revancha clasista en contra de las masas explotadas y oprimidas.

La "Vía chilena al socialismo" llegó a las fatídicas jornadas de septiembre herida y acorralada, casi sin voluntad de arremeter. Fue vencida por los sectores más recalcitrantes de la clase dominante chilena y el imperialismo yanqui que esperaron el momento adecuado para emprender su contraofensiva y reconquista. Pero hay que reconocer que también fue vencida por sus propias limitaciones.

La defensa del régimen institucional burgués, la lógica de apostar a la negociación frente a los embates del enemigo, en lugar de buscar la radicalización, coherentes con una perspectiva institucionalista, llevaron a que uno de los procesos revolucionarios más avanzados de la época no pudiera dar el paso de la transformación a fondo. En ese sentido, contrasta con la dinámica de la Revolución Cubana, más allá de la "vía armada" o "vía electoral", ya que en Cuba ante cada ataque del imperialismo, se respondió radicalizando el proceso. El ingenuo vanguardismo que embiste frontalmente contra los gobiernos reformistas apartándose del desarrollo político efectivo de las masas no es más quimérico que el gradualismo supuesto en la línea de transición pacífica al socialismo.

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