Nuevo sitio Géneros 5 Agosto 2016

¿Varón hay uno sólo?

Criticar los privilegios de los varones es un eje central en la lucha antipatriarcal. Estos se expresan en formas de masculinidad hegemónicas que dictan cómo se debe ser varón en la sociedad. Ponerlos en cuestión es el comienzo para construir otro tipo de masculinidades alejadas de cualquier forma de opresión.

Edición N° 16

A Vencer (agosto-2016)

A Vencer

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Géneros | ¿Varón hay uno sólo?

La violencia que se establece en la sociedad hacia las mujeres, tiene su origen en los roles que se otorgan a hombres y mujeres sustentados en ciertos principios de la "naturaleza masculina" y la "naturaleza femenina". Una violencia que se expresa en las violaciones, en los maltratos, en los femicidios, en la trata y la prostitución, porque son hombres quiénes las llevan a cabo. Estos principios, que hablan de una cierta naturaleza, se basan en estereotipos de género respecto de lo que se espera que sea tanto un hombre como una mujer. Un estereotipo es un modelo que establece cómo debe ser una persona de determinado género, es decir, cómo debe actuar y qué debe pensar. A lo femenino se lo asocia con la debilidad, lo sentimental, la dulzura, la maternidad. Lo masculino, con la fuerza, la rudeza, la valentía, el ejercicio del poder. La creencia de la supuesta inferioridad de las mujeres frente a los hombres tiene en estos estereotipos de género uno de sus principales fundamentos.

En particular, sobre los hombres se construye un modelo de masculinidad. Para ser un hombre que responde al modelo de varón socialmente reconocido en una sociedad patriarcal, hay que demostrar ciertas características masculinas, ya que no se puede actuar de cualquier manera. Quienes no responden a este estereotipo no son considerados verdaderos varones. Es decir, de acuerdo a este parámetro, habría varones de verdad y otros que no serían considerados varones.

¿Cuales son algunas de las características de esta masculinidad hegemónica?

Para ser un verdadero varón es necesario ser fuerte, seductor (sexualmente activo), inteligente, poderoso (léase rico, o de buen pasar económico), y por supuesto, dominante. El modelo ideal para una sociedad patriarcal capitalista, es el de un varón blanco, heterosexual y burgués. De esta manera, hay un correlato entre la forma de dominación social, y los sujetos que expresan esa forma de dominación basada en una clase sobre otra, y a la vez, de un género sobre otros géneros.

Entonces, un varón que no se "impone", que no muestra autoridad, puede ser cuestionado en su masculinidad. "Quién tiene los pantalones puestos en la casa" es una frase conocida que sintetiza de un modo muy claro esta idea. Un varón debe dominar, en su casa, a su pareja y a sus hijos e hijas. En el trabajo, a sus empleados o a otros compañeros de trabajado.

El varón tiene el deber social de ser el que posee. Es el que debe tener el poder económico y la autoridad en el hogar, y es que el posee una mujer para que sea su esposa. Incluso en el plano de las relaciones homosexuales existe esta distinción: en varias culturas -también en la nuestra- el varón que "posee" a otro varón es mejor mirado que el varón "poseído", precisamente, porque se establece una identificación de este último con el rol que se le asigna a la mujer.

La masculinidad se asocia, también, con el ejercicio de la violencia. Por eso se toleran -y en varios casos se alientan- las peleas en la escuela, en el barrio, en el deporte. En otros casos se los justifica, porque "los varones son violentos por naturaleza". Sin embargo, la violencia es una conducta que se aprende. Este tipo de violencia (no la violencia revolucionaria, subversiva) contribuye a mantener el orden social, buscando responder a los mandatos culturales que exigen a los varones que se impongan por la fuerza sobre los demás.

A estos aspectos, el de la autoridad y la violencia, podemos agregar como correlato que los varones no pueden mostrar sensibilidad. "Los hombres no lloran" es otra frase hecha sumamente conocida. Los varones no pueden mostrar su fragilidad. El no varón, entonces, es el marica, el puto, el mujercita. La contracara es que quién no es varón, por lo tanto, es lo inferior, en este caso, lo femenino. La masculinidad devaluada es la de la femineidad.

Es importante agregar que, en esta lectura predominante, los únicos géneros existentes son dos, y no hay lugar para otros géneros posibles. Lo masculino es una cosa, y lo femenino es otra. La vida se simplifica, la diversidad no existe. Las identidades se reducen a dos opciones únicas. La violencia machista y patriarcal se ejerce hacia las mujeres, pero también hacia otras identidades de género no hegemónicas.

Es importante entender, entonces, que el modo de ser de un varón no es algo natural, sino que es algo aprendido socialmente, de acuerdo a los valores culturales de cada momento histórico en un lugar concreto. Lo cierto, también, es que no todos los varones son iguales. Porque incluso viviendo en una misma sociedad, no todos aprenden lo mismo. El problema radica en si se da lugar a esas diferencias. Pero la clave está en cómo podemos generar nuevas maneras de ser varones sin seguir un modelo hegemónico que garantice la opresión y la violencia sobre otras personas. Cuestionar, entonces, este modelo masculino hegemónico es central. Pero no sólo cuestionar a quiénes ejercen la violencia directamente, evitando el silencio cómplice, sino también reconocer en las cuestiones más sencillas, en los aspectos más cotidianos, las diferentes formas de desigualdad, como puede ser la distribución de tareas en el hogar, la desigualdad en los salarios, etc.

Esto abre el panorama a otras oportunidades, en las que podemos encontrar múltiples maneras de construir nuestro carácter y desarrollar nuestras potencialidades. A la vez, nos posibilita conectarnos con diferentes aspectos de nuestra vida que están reprimidos. Mostrar nuestras debilidades, nuestros miedos, no debe ser signo de inseguridad, sino, al contrario, el de reconocernos como personas que necesitan de otrxs, que no lo pueden todo, y relacionarnos desde la igualdad. Pensar en nuevas formas de ser varones nos permite no atarnos a imposiciones, sino crear caminos diversos, y ampliar nuestros horizontes como personas. También permite que nos podamos relacionar con quienes nos rodean de un modo más genuino, de un modo más abierto, más pleno, más libre. Y en un sentido intensamente político, nos permite cuestionar al patriarcado en uno de sus cimientos fundamentales. Incursionar en el camino por construir nuevos modos de ser varón, también tiene un sentido profundamente revolucionario.

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Damián "Chueco" Fau
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Damián "Chueco" Fau